17 mar 2014

Las tumbas de París



Por Miguel Molina Díaz


Los árboles de los cementerios de Montparnasse y Père-Lachaise no tienen hojas. Son ramas desnudas azotadas por el viento. La primera tumba que visité fue la de Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir. Quedan sobre el mármol las huellas de labios rojos. Hay quienes no olvidan a los muertos. 

Emil Cioran se encuentra oculto entre los centenares de criptas. Un grupo de peruanas buscan por horas la tumba de César Vallejo y no la encuentran. El poeta de Trilce prefiere estar oculto porque el suyo es un dolor que sube desde abajo. La cripta de mármol, sin embargo, está desbordada de flores, los heraldos negros que nos manda la muerte.

El recorrido continúa hacia la última morada del cronopio aquel que dijo si seguimos utilizando el lenguaje en su clave corriente, con sus modalidades corrientes, nos moriremos sin saber el verdadero nombre del día. La cripta de Julio Cortázar es la vida después de la muerte. Flores, cartas, notas, libros, rayuelas y besos rodean la tumba del gigante. Cortázar en Montparnasse es memoria.

En Père-Lachaise ocurre lo mismo con Jim Morrison, Oscar Wilde y Edith Piaf. Son ilusiones que no morirán mientras exista el humano.

La noche se derrama sobre el cielo de París. Una campana anuncia a los visitantes que deben abandonar el lugar. Mientras camino pienso en lo loco y surreal que resulta visitar a artistas y pensadores en sus tumbas. Es una forma de rendir tributo a la limpieza de su vida y de su obra. 


No pasa lo mismo con otras tumbas. La de Napoleón, que es monumental, no despierta ninguna ilusión. Se la visita por una curiosidad turística más parecida a la lástima. En una ridícula obsesión por vencer a la muerte, a los tiranos se les erigen tumbas colosales y monumentos enormes. Hay en la puerta del Palacio de Versalles un monumento a Luis XVI que ilustra perfectamente lo que hace el paso del tiempo con los poderosos y prepotentes: se convierten en el metal oxidado que durante el día recibe con inclemencia el excremento de las palomas.

* Publicado originalmente en Diario La Hora.



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