28 ene 2009

ELOY ALFARO




"El mito de una nación."

INTRODUCCIÓN:

La historia de quién, para la mayoría de nosotros, es el mejor ecuatoriano de todos los tiempos, nos sumerge en lo profundo de su pensamiento, proyección y accionar político. Eloy Alfaro Delgado marcó un antes y un después en la historia del Ecuador y aún hoy, más de cien años después de la revolución que emprendió, sentimos los efectos de un legado que parece estar destinado a existir conjuntamente con la vida republicana de esta nación.

Rebeldía, irreverencia y coraje son algunas de las palabras que describen el carácter invencible de Don Eloy, El Viejo Luchador, El General de las Mil Derrotas y de los Hombres Libres. Estamos hablando del gestor de la Revolución Liberal y del padre del liberalismo radical en Ecuador. Su empeño por modernizar el país, sus logros como el ferrocarril más difícil del mundo y su compromiso profundo con su gente, lo ubican en el adalid moral y político que más podemos respetar como ecuatorianos.

A lo largo de la historia del siglo XX, su legado desencadenó movimientos políticos y sociales que, como él, intentaron cambiar la historia. Tal es el caso de la guerrilla de los “Alfaro Vive Carajo” o del Frente Radical Alfarista, partido político liderado por Abdón Calderón Muños, excandidato a la presidencia de la república que fue asesinado por la dictadura de Poveda Burbano. Incluso la Revolución Ciudadana que lleva a cabo el gobierno del Presidente Rafael Correa tomó la figura de Alfaro para emprender las reivindicaciones sociales que el país exige.

SU VIDA Y SU OBRA

Era el 25 de junio de 1942, cuando el hijo del exiliado español Don Manuel Alfaro y la manabita Doña Natividad Delgado, nació con el nombre de José Eloy, en Montecristi. Recibió la instrucción primaria de su madre. Al poco tiempo aprendió el negocio familiar, que consistía en la fabricación de sombreros de paja toquilla y se entregó a él. Sus pocos momentos de paz los dedicó a estudiar filosofía e historia latinoamericana. Sin embargo algo inquietante había en el carácter del joven Eloy que lo distraía de su vocación por los negocios.

A los 19 años participó por primera vez en una protesta; le indignaba el hecho de que los sueños de Bolívar hubieran sido pisoteados por extranjeros, como Juan José Flores, o tiranos, como Gabriel García Moreno. El Ecuador en el que vivía había pasado de la independencia española a la dependencia de una nueva clase gobernante. La nefasta realidad consistía en obligar a pagar tributos especiales al indígena, excluir a las mujeres de la vida pública y limitarlas a labores domésticos, así como un creciente regionalismo entre Costa y Sierra. La iglesia cogobernaba el Estado con políticas discriminatorias y racistas, mantenían el monopolio de la educación y manejaban enormes áreas de tierra.

Tal vez el seudónimo que más compagina con la personalidad de Alfaro fue el de “Viejo Luchador” debido a que gran parte de su vida la dedicó a su lucha. Invirtió la fortuna adquirida por la venta de los sombreros de paja toquilla en financiar su Revuelta Liberal. Un grito de rebeldía recorría los campos ecuatorianos y su líder, montado en caballo y con hacha en mano, guiaba a los que posteriormente fueron llamados los Montoneros de Alfaro.

La Revolución Liberal, que llegó a su punto máximo el 5 de junio de 1895, fue el inicio de una serie de transformaciones cuyo propósito fue la modernización del Estado. Sin lugar a duda, el General Alfaro fue el primero a quien se le ocurrió que este conjunto de haciendas manejadas por el clero podría ser un país. En las dos presidencias del General se sentaron las bases de una nación presta para afrontar el siglo XX. Su obra monumental fue la culminación del ferrocarril Quito – Guayaquil, para combatir el regionalismo, fomentar el comercio y dotar de vida a un sinnúmero de pueblos que permanecían aislados. A pesar de las adversidades que enfrentó esta obra, como los accidentes topográficos de la Cordillera de los Andes, el variado clima de Costa y Sierra, la entregó terminada el 25 de junio de 1908.

Las reformas políticas y legales tuvieron efectos sociales inmediatos, como el principio de igualdad de ciudadanos ante la ley, la abolición de la pena de muerte, la separación entre la Iglesia y el Estado a través del establecimiento de la libertad de cultos y conciencia, así como de los derechos políticos de los ciudadanos y de la educación laica. En la Constitución de 1906, el General Alfaro también logró prohibir al Clero intervenir en asuntos políticos. Durante su gobierno, les dio a las mujeres el lugar que se merecían al permitirles acceder a educación y aspirar a cargos públicos. Su compromiso más profundo fue con la educación, durante los gobiernos alfaristas se crearon más de 500 instituciones educativas en todo el país, incluyendo el Colegio Rocafuerte de Guayaquil, la Escuela de Bellas Artes, el Colegio Femenino Manuela Cañizares y el Colegio Mejía en Quito.

En el plano internacional, recuperó el prestigio del Ecuador. Fue un precursor de la unidad y libertad americanas, por lo cual fomentó relaciones comerciales y culturales con todos los países del continente e incluso varios de Europa. Estableció el talón de oro con el cual nuestra moneda comenzó a cotizarse en valores cercanos al dólar. Renegoció la deuda externa en contra de los intereses absurdos que se impuso a Ecuador, con lo cual logró incrementar el pago de la deuda social. Con inteligencia y valor, detuvo la invasión peruana y, gracias a la modernización de las Fuerzas Armadas que emprendió, mantuvo a la patria intacta.

Ahora, más de un siglo después, parecería urgente que recuperemos el verdadero significado que tiene José Eloy Alfaro Delgado para la nacionalidad ecuatoriana. Se trata de un hombre que nunca asistió a la universidad ni estudió en Paris, pero que supo demostrar sus dotes de estadista en su intensa lucha por su querida prole. Probablemente, la mejor forma de entender su pensamiento es a través de sus propias palabras, que pronunció en un informe de labores ante la Asamblea Constituyente que él convocó para reorganizar a la patria: “Los hombres indiferentes a la desventura de la nación, aunque sean privadamente laboriosos, son los auxiliares inconscientes de las desgracias y corrupción de los pueblos”.

Como solo los grandes saben hacer, el General Alfaro juntó a sus mejores hombres de entre la gente común, quienes siempre lo consideraron uno de ellos. Su visión no correspondía a esa época. Sus ideales se enfrentaron a la vanidad y oposición de una sociedad conservadora y especialmente a una élite que temía perder sus privilegios. La Iglesia lo acusó de hereje y denominó al ferrocarril transandino un “aparato del demonio”. Sin embargo, Don Eloy nunca se dio por vencido. Haber perdido a 5 de sus 10 hijos, así como a hermanos y amigos más cercanos, le hizo conocer personalmente el precio que debía pagar por atreverse a intentar cambiar la historia. “La hora más oscura es la más cercana a la aurora” decía constantemente desafiando al destino.
La hora fatal llegó a finales de 1911. Mientras el General Alfaro regresaba de su exilio en Panamá para retomar la revolución, sus adversarios comenzaron la persecución de quienes permanecían leales al alfarismo. Su buque se hundió cerca de las costas de Jaramijó; poco después logró llegar a Guayaquil, en donde fue tomado prisionero y, en una paradoja histórica fatal, fue trasladado a Quito en el ferrocarril que el mismo construyó.

Una turba enardecida por los engaños de conservadores mojigatos lo esperó a su llegada al panóptico de Quito. Por última vez entraba en la ciudad desde donde dirigió los dos mandatos más formidables de la historia del país. Por causa de una nefasta conspiración en su contra, el General Alfaro se vio en medio de lo que sería el episodio más vergonzoso de la historia quiteña, cuando una bala acabó con su vida. Aquella enardecida muchedumbre arrastró el cadáver hasta el Parque del Ejido, en donde procedieron a prenderle fuego. Fue aquel fatídico 28 de Enero de 1912, cuando la vida más heroica que la historia de esta patria pudo parir, llegó a su fin inevitable.

CONCLUSIONES:

Intentado descifrar la trascendencia histórica del General Eloy Alfaro, descubro con tristeza que es el símbolo de una revolución frustrada. Más de cien años después de iniciado el liberalismo, todavía no hemos superado debates absurdos. Hace poco fuimos testigos de cómo la Conferencia Episcopal ecuatoriana emprendió una campaña proselitista, desde pulpitos, contra una constitución progresista que reivindica las aspiraciones y postulados del alfarismo. Ciertas mujeres aún viven en condiciones de subordinación y violencia, lo cual evidencia las falencias de una democracia que no ha sido capaz de tener respuestas conectadas con las necesidades de la gente. Las últimas décadas han sido las crónicas de una vergüenza nacional, títeres y caudillos mafiosos que se repartieron las funciones del Estado y destruyeron todo lo conseguido a través de las luchas del General Alfaro e incluso han tenido la osadía de compararse con él.

Por otro lado, creo firmemente en que la Revolución inacabada del Viejo Luchador todavía es posible y muchos de sus postulados están más vigentes que nunca. Pablo Neruda señaló, refiriéndose a Bolívar, “que el Padre vuelve cada 100 años” y sucede que, casi un siglo después de que el Libertador iniciara la gesta de la independencia de América, se inauguró el primer mandato de Alfaro en Ecuador. De la misma manera, cien años después de la segunda presidencia de Eloy Alfaro, se puso en marcha la Revolución Ciudadana, cuya trascendencia histórica, si logra vencer sus propias limitaciones y establecer nuevas bases económicas, políticas, sociales y morales en nuestro país, podría recuperar el sentido de ecuatorianidad y justicia social que se perdió en algún momento de la historia.

Eloy Alfaro, discípulo de Juan Montalvo y amigo de José Martí, nos puede seguir enseñando mucho si rescatamos para nosotros su ejemplo de ciudadano, político y hombre de bien. Su grandeza puede inspirarnos y ayudarnos a reorientar el rumbo de esta aventura casi interminable que consiste en reencontrar el verdadero Ecuador. La necesidad de entender al país en una perspectiva histórica se torna imperante en momentos en que debemos romper paradigmas y salir adelante.

Por último, con la intensión de hacer una última reflexión sobre el personaje que fue Eloy Alfaro, podemos leer una carta que le envió al amor de su vida, Anita Paredes Arosemena, su esposa, en una ocasión en que ella se encontraba enferma en Panamá. Tal vez su propia letra sea la única puerta que queda entre este mundo y el humano Eloy Alfaro.

< Amada Anita:

No creas que te vas a morir porque tienes que vivir para que cuides de nuestros hijitos. A la vuelta de algunos años lo probable es que me muera yo, porque la tarea que me ha impuesto Dios debe tener su término y estoy seguro que los sufrimientos han de continuar hasta arrebatar con mi vida, pero sufrimientos y vida gloriosa que han de llenar de justo orgullo a los míos, especialmente a ti y a mi prole, y sobretodo nadie muere en la víspera a no ser que tenga la debilidad de abreviar sus días.

Cuando yo me muera, que entre paréntesis debo advertir que no puede ser pronto porque todavía tengo mucho que hacer en esta bendita tierra, entonces si seguirá tu turno. Después de muchos años llegarás a ser una viejita muy regañona pero siempre muy respetable. Y cuando la gente te vea pasar dirán con respeto señalándote, esa es la viuda del héroe y tú, más orgullosa, resignada, y confortada con mi recuerdo, y siempre protegida por Dios, y cuidando de nuestra ilustre prole.

Ya ves pues que no puedes ni debes morirte antes que yo, mucho te agradezco, que dejes temores a un lado.

En la demora esta el peligro.

Eloy Alfaro>

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