Artículos, reseñas, entrevistas, divagaciones, ensayos… Es decir, mis textos.
28 dic 2012
EL OFICIO DE ESCRIBIR
10 sept 2012
La Libertad de Expresión en el Ecuador
4 mar 2012
EL PERDÓN DEL MAGNÁNIMO
Por Miguel Molina Díaz
Todos acudieron al Palacio para escuchar lo que el Presidente de la República tenía que decir. Los ministros y secretarios de Estado, los medios oficiales, los medios no oficiales, las cadenas internacionales. En primera fila se encontraba el titular del legislativo y, junto a él, el flamante presidente de la Corte Nacional de Justicia, máximos representantes del Estado y la (anti)independencia de los poderes. En los hogares y trabajos los televisores, las radios y las páginas web que retransmitían la cadena estaban como nunca antes encendidas a la espera de lo que el Jefe de Estado anunciaría. A las 9 de la mañana del lunes 27 de febrero el país se encontraba paralizado a la espera de las palabras que cambiarían la historia. Incluso traducción simultanea al inglés y al francés contrataron para retransmitir su mensaje al mundo. De hecho y sin exagerar, los ojos del mundo estaban sobre el Palacio de Carondelet a la espera de la lectura presidencial.
Después de una introducción casi-frenética y cargada de ataques a los medios de comunicación y a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, el Presidente de la República, confesó que su corazón –desde mucho antes de que el Sistema Interamericano solicitara la aplicación de medidas cautelares al Ecuador por el caso El Universo- había decidido perdonar a Emilio Palacio y a los directivos del periódico. El destello de nobles sentimientos presidenciales fue en exceso generoso: incluso decidió desistir del juicio por daño moral interpuesto a Juan Pablo Calderón y Christian Zurita.
Sin embargo, detrás de la actitud magnánima del Primer Mandatario, sospecho que se esconden razones que poco o nada tienen que ver con el perdón. Por ejemplo, el temor a una condena de la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Por ejemplo, la deplorable imagen que a nivel internacional generó el gobierno de la Revolución Ciudadana. Cortas se quedaron las palabras de la carta de Jimmy Carter y del artículo de Vargas Llosa en su intento por descifrar lo que vive el Ecuador: la crisis de una revolución que poco a poco se cava su propia tumba.
El perdón del Presidente nos hace concluir que asistimos a la evidencia de un cúmulo preocupante de fracasos. El fracaso rotundo e indefectible del periodismo oficial que, obnubilado por sus verdades absolutas y partidistas, han mermado la posibilidad de medios de comunicación públicos, independientes y democráticos. El fracaso vergonzoso y lamentable de la diplomacia ecuatoriana que, encabezada por un Canciller a la medida de un gobierno sin principios, defendió en todos los espacios posibles las acciones legales del Primer Mandatario en desmedro de la libertad de expresión alegando la construcción de carreteras de ensueño (a lo que debemos sumar el apoyo a las dictaduras de Libia y Siria). El fracaso inaceptable (y predicho durante la Consulta Popular) del proceso de restructuración de la Justicia que –hay que decirlo hasta el cansancio- prostituyó el derecho penal, el principio de legalidad y, sobre todo, la independencia judicial. Asistimos, además, al fracaso de la palabra del Presidente de la República que, obsesionado con el monopolio de la verdad, cayó en el más triste show de tener que perdonar a sus enemigos, desde su corazón, después de haber expresado de las maneras más enérgicas y violentas, con los pretextos más funestos, que iría hasta el final en su lucha por reparar su honor desvencijado.
Es el epilogo –ojala- de dos de los procesos judiciales más arbitrarios y nefastos que jamás nos hubiéramos podido imaginar cuando los revolucionarios hacían su campaña prometiendo que la patria iba a volver. Algo de razón tiene el líder a pesar de todo: perdón pero no olvido. Perdón a todos los jueces que actuaron en base al miedo y los chantajes del poder y aceptaron que el honor de un revolucionario valga 40 veces más que la vida de Santiago y Andrés Restrepo. Perdón a los simpatizantes gobiernistas que, enceguecidos por la demagogia y el populismo, acudían a las audiencias en las cortes para ofender y agredir a los acusados. Perdón al Presidente por los insultos que continuamente dividen al país en bandos antagónicos, incluso contra quienes fueron en algún momento sus compañeros y aliados. Perdón para los abogados que intentaron imponer los precedentes judiciales más absurdos para lograr sus fines, haciendo pedazos la ética de la abogacía. Perdón para todos ellos pero nunca olvido. La noche es fría, no se percibe un olor a perdón, solo se ve pasar la sombra de un honor vacío y devastado que corre, grita y sufre por las calles solitarias.
Diario La República
http://www.larepublica.ec/blog/opinion/2012/03/03/el-perdon-del-magnanimo/
8 feb 2012
RAFAEL EL MEMORIOSO

Mi condición deplorable de cuentista y lector de poesía maldita me impidió, en las ocasiones primeras, razonar acerca del autoritarismo que se cocinaba en su carácter desde el primer día en que puso sus pies sobre el suelo de Carondelet. Fue cuando quemó sus manos protegiendo a Pesántez –evitando así su enjuiciamiento político- cuando comprendí, con absoluta certeza, que su voluntad estaba por sobre cualquier proyecto o ideal político pregonado con astucia. Y cuando envió a prisión a la ciudadana de Ibarra acusada de haberle enseñado con malicia el dedo medio entendí que incluso sobre su inimpugnable voluntad había un valor supremo: su memoria.
Desde que llegó al poder ha sido incapaz de olvidar. Inútiles resultan los intentos por encontrar una ocasión en que haya sido magnánimo con sus enemigos. Los que siempre han estado en su contra: ¡caretucos y golpistas! Los que, asqueados de sus abusos, se han negado a seguir su juego: ¡traidores! La prensa: ¡corrupta y mediocre! Incluso, habituado ya a su ferocidad, no mide sus comentarios mezquinos y machistas sobre las legisladoras de su propio partido y pide para ellas aumento salarial en mérito a “unas piernas y unas minifaldas impresionantes”.
Esa es su memoria: su poder. Pero algo triste se encuentra detrás de este cuento memorioso. Detrás de esta historia de recuerdos. Y es su necesidad de honor. El honor, proclamado tanto por samuráis japoneses como por rabiosos y funestos emperadores romanos, es su terquedad. Y no podrá estar tranquilo hasta que (vergonzosas) sentencias judiciales reparen su honor hecho pedazos, lo restituyan, lo inventen. No es acaso, ¿una lucha por aquello que carece? Por eso el esplendor de las miradas que esgrimen él y su abogado –cuyo nombre impronunciable intento cada día olvidar por respeto al derecho y a la verdadera justicia- cada vez que una sentencia le otorga un poco de honor, que para ellos es como decir millones de dólares.
Pero la memoria es estéril a la inteligencia y responde únicamente a los intereses de quién interpreta, en base a su verdad absoluta y absolutista, los hechos. Es una memoria que ha condenado la investigación periodística de Juan Carlos Calderón y Christian Zurita por descubrir los vericuetos del Gran Hermano. Una memoria que ha perseguido al Diario El Universo por un editorial de su ex director de opinión prostituyendo, en el camino, el Derecho Penal. Es una memoria que ha olvidado las prácticas de las dictaduras y envió al estudiante Edison Cosíos al coma eterno por la brutalidad de sus represiones. Todo esto me recuerda a Funes el memorioso, de quién Borges, el más grande escritor de nuestro continente, escribió: “Sospecho, sin embargo, que no era muy capaz de pensar. Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, es abstraer”.
* Aula Magna - Publicación mensual de la USFQ.

