8 feb 2012

RAFAEL EL MEMORIOSO


Por Miguel Molina Díaz

Lo recuerdo (sin saber siquiera si poseo ese derecho) con camiseta verde, la mirada lúcida y promesas en casi todas sus palabras. Lo recuerdo: decía tener manos limpias y se podía percibir lucidez y ardor en los pasos de su campaña. Recuerdo su triunfo imprevisible. Recuerdo la ocasión en que, indignado y frenético, expulsó del Palacio a un periodista y también cuando, alevoso e imprudente, llamó a otra “gordita horrorosa”. No más de dos veces le di la mano: la primera en el 2007; cuando todavía era discutible su vocación a la memoria de lo fastuoso.

Mi condición deplorable de cuentista y lector de poesía maldita me impidió, en las ocasiones primeras, razonar acerca del autoritarismo que se cocinaba en su carácter desde el primer día en que puso sus pies sobre el suelo de Carondelet. Fue cuando quemó sus manos protegiendo a Pesántez –evitando así su enjuiciamiento político- cuando comprendí, con absoluta certeza, que su voluntad estaba por sobre cualquier proyecto o ideal político pregonado con astucia. Y cuando envió a prisión a la ciudadana de Ibarra acusada de haberle enseñado con malicia el dedo medio entendí que incluso sobre su inimpugnable voluntad había un valor supremo: su memoria.

Desde que llegó al poder ha sido incapaz de olvidar. Inútiles resultan los intentos por encontrar una ocasión en que haya sido magnánimo con sus enemigos. Los que siempre han estado en su contra: ¡caretucos y golpistas! Los que, asqueados de sus abusos, se han negado a seguir su juego: ¡traidores! La prensa: ¡corrupta y mediocre! Incluso, habituado ya a su ferocidad, no mide sus comentarios mezquinos y machistas sobre las legisladoras de su propio partido y pide para ellas aumento salarial en mérito a “unas piernas y unas minifaldas impresionantes”.

Esa es su memoria: su poder. Pero algo triste se encuentra detrás de este cuento memorioso. Detrás de esta historia de recuerdos. Y es su necesidad de honor. El honor, proclamado tanto por samuráis japoneses como por rabiosos y funestos emperadores romanos, es su terquedad. Y no podrá estar tranquilo hasta que (vergonzosas) sentencias judiciales reparen su honor hecho pedazos, lo restituyan, lo inventen. No es acaso, ¿una lucha por aquello que carece? Por eso el esplendor de las miradas que esgrimen él y su abogado –cuyo nombre impronunciable intento cada día olvidar por respeto al derecho y a la verdadera justicia- cada vez que una sentencia le otorga un poco de honor, que para ellos es como decir millones de dólares.

Pero la memoria es estéril a la inteligencia y responde únicamente a los intereses de quién interpreta, en base a su verdad absoluta y absolutista, los hechos. Es una memoria que ha condenado la investigación periodística de Juan Carlos Calderón y Christian Zurita por descubrir los vericuetos del Gran Hermano. Una memoria que ha perseguido al Diario El Universo por un editorial de su ex director de opinión prostituyendo, en el camino, el Derecho Penal. Es una memoria que ha olvidado las prácticas de las dictaduras y envió al estudiante Edison Cosíos al coma eterno por la brutalidad de sus represiones. Todo esto me recuerda a Funes el memorioso, de quién Borges, el más grande escritor de nuestro continente, escribió: “Sospecho, sin embargo, que no era muy capaz de pensar. Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, es abstraer”.


* Aula Magna - Publicación mensual de la USFQ.

28 ene 2012

EL ROBO DE LA HOGUERA BÁRBARA

Miguel Molina Díaz

El fuego, de acuerdo a la doctrina inquisitiva de la primitiva Iglesia Católica, era el camino hacia la purificación del alma y la purgación de los pecados. Eran comunes las hogueras en que se quemaba a brujas y herejes durante los largos años de la Inquisición. Exactamente hace 100 años, no precisamente en los territorios o tiempos del feroz Torquemada, un hereje era arrastrado por las calles de Quito, dejando desparramados en el suelo pedazos de testículos y sesos. Era Eloy Alfaro Delgado.

Cien años después de la hoguera –bárbara según Alfredo Pareja Diezcanseco– que dio fin a la vida del General Alfaro, nosotros, hombres y mujeres de un nuevo siglo, nos vemos frente a la encrucijada de la simbología. Arbitrarios como toda construcción imaginativa, los símbolos son un punto de partida y referencia, en materia política, de los principios en que se sostienen las tendencias e ideologías. Sospecho que en ese sentido, Alfaro sigue siendo el hereje de siempre: hombre bravo, símbolo de ruptura, secular, revolucionario, libre en su autodeterminación y valor.

Pero la historia, como la arena movediza, es peligrosa. Y sobre todo débil. Proclive a las bajas pasiones. ¿Qué significa, en términos históricos, el 28 de enero? Además del centenario de la hoguera. ¿Fiesta? ¿Algarabía? ¿Tristeza? ¿El escenario en donde se pretende re-escribir la historia?

No me cabe ya la menor duda. Se están robando a Alfaro. Intentan poseerlo y utilizarlo para fortalecer su prepotencia, para concentrar todo el poder con el que sueñan. Por eso, sin mayores reflexiones como es normal en sus decisiones, dicen conmemorar los 100 años de la Hoguera Bárbara. Sin imaginar que lo bárbaro y terriblemente cruel, es malgastar el nombre de Alfaro. El del primer hombre en creer que podía haber un país de verdad entre la Costa y la Sierra, en el conjunto de haciendas controladas por curas y terratenientes curuchupas, en la mirada de las niñas que por primera vez iban al colegio.

Pero claro, debemos entenderlos y lamentarnos: ¡carecen de símbolos! A pesar de que sus atentados contra la libertad –por ejemplo de expresión– son incompatibles con el liberalismo radical de Alfaro, debemos compadecernos. ¡No debe ser fácil hacer una revolución ciudadana –con minúscula- sin una figura como Eloy Alfaro! Por lo demás, el 28 de enero es la oportunidad para preguntarnos qué vamos a hacer, cien años después del asesinato de Don Eloy, para que valga la pena vivir en este país en donde quienes dirigen el Estado son los grandes ladrones de fechas y símbolos, los que descaradamente secuestran la historia para cambiarla, usarla a su antojo y prostituirla. Y esta indignación por el hurto es como si en el aire una voz nos reclamara en el pecho: ¡Viva Alfaro Carajo!

7 ene 2012

EL REGALO DE NAVIDAD


Miguel Molina Díaz


Con el paso de los años la magia de la navidad se me fue extinguiendo. De entre mis navidades pasadas recuerdo, como uno de los más fascinantes regalos que he recibido, la bicicleta que cuando era niño me obsequió mi abuelo. Aquellos eran días diferentes: mi país estaba bajo la sombra podrida de una “partidocracia” sin escrúpulos.

Ahora, tantos años después, viviendo a plenitud esta nueva brisa revolucionaria, me pregunto ¿cuál podría ser el obsequio más conveniente para nuestro Presidente? Nací y crecí en un país de leyendas, paisajes afrodisiacos y prejuicios enfermizos. No recuerdo su nombre y menos su ubicación en los mapas. Hace poco, después de un enfrentamiento entre lobos y zombis (aconteció el día XXX de Zeptiembre), el presidente Scrooge, guiado por su ministro Goebbels Jr., consolidó su modelo de poder y, a pesar de los traidores, nos brinda una patria altiva y soberana en la cual vivimos extasiados de felicidad. ¡Se merece un gran regalo!

Pienso en un diario de distribución nacional solo para él, un departamento en Europa para sus años de descanso y reflexión, o tal vez, El Gran Libro de los Insultos de Pancracio Celdrán. Pero concluyo, ojala a causa de un destello de lucidez, que el regalo apropiado para nuestro líder es una biografía de Salvador Allende.

Candidato a la Presidencia de Chile por cuatro ocasiones. Médico de profesión y político de pasión. El estadista más integro de América Latina. “Superarán otros hombres este momento gris y amargo en el que la traición pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor.” Decía el Presidente Allende en su último discurso pronunciado minutos antes su muerte.

Frente a las “verdades absolutas” de la izquierda ortodoxa y la campaña de miedos de la derecha parricida, Salvador Allende, planteaba su “vía chilena” al socialismo: la paz. Desde el Palacio de la Moneda defendió la constitución y las leyes desde el primero hasta el último día de su mandato; murió defendiendo la institucionalidad e independencia de un Congreso y de una Corte Suprema que lo desconocieron. Jamás interpuso juicio por injurias a periodista alguno, menos se le hubiese ocurrido despedir ilegalmente a médicos sacándoles de los hospitales públicos con carabineros y milicos. Su gobierno era el de los trabajadores y desposeídos.

Cada vez que pienso en Salvador Allende un peso abrumador me aborda y deja sin aliento. Escucho el estallido de los disparos que hace casi cuarenta años inauguraron una de las dictaduras más feroces y criminales del continente. Me digo para mis adentros: ¡que valiente era ese hombre que era un pueblo! Por lo demás, los regalos de navidad han perdido interés para mí, tal vez desearía el Cementerio de Praga de Humberto Eco o una nueva bicicleta para pasear. Allende me enseñó cómo es un hombre de verdad y cómo se es de izquierda en verdad. Hasta que Scrooge lea la biografía de Allende: ¡Que no se atreva a hablar de izquierda!


* Aula Magna - Publicación Mensual USFQ

24 nov 2011

Náusea revolucionaria


Por Miguel Molina Díaz

Era el 19 de julio de 1979 y las columnas guerrilleras del Frente Sandinista de Liberación Nacional entraban a Managua. Su ingreso a la plaza principal de la ciudad estuvo acompañado de la población y una alegría que desbordaba los corazones. La perversa Dinastía Somoza estaba caída y su fetidez era limpiada por una nueva brisa: la Revolución Sandinista.

Treinta años más tarde, esos mismos jóvenes que ilusionaron a todo el continente, siguen en el poder. Daniel Ortega, el héroe revolucionario, acaba de ser reelecto presidente de Nicaragua, tal como lo hizo en el 2006. El caso de Zoilamérica Narváez ha quedado olvidado: la hijastra del Presidente lo acusó de haber abusado sexualmente de ella por más de veinte años, con el pretexto de la revolución.

Peter Torbiörnsson, periodista sueco y ex simpatizante del sandinismo, relata un curioso suceso revolucionario en el documental ‘Last Chapter. Good Bye Nicaragua’. El 30 de mayo de 1984, explotó una bomba en una conferencia de prensa en La Penca, frontera de Nicaragua y Costa Rica. El atentado cobró la vida de 7 periodistas y 22 resultaron gravemente heridos. Ese día Torbiörnsson aceptó, a petición del Ministerio de Interior, la compañía de un supuesto fotógrafo danés, quien resultó ser el terrorista que activó la bomba.

Con la intención de limpiar su conciencia Torbiörnsson regresa a Nicaragua a denunciar a los culpables: líderes emblemáticos del sandinismo. El proceso judicial que Torbiörnsson inicia, pronto sería marginado por los funcionarios judiciales. Al fin y al cabo, los acusados son mártires y el deber de la patria es protegerlos.

A su regreso Torbiörnsson se encuentra con viejos amigos, aquellos que se habían enamorado del espíritu revolucionario de Ortega en los años 80. Todos estaban pobres y planeaban migrar a otro país. Lejos de Ortega.

Con el paso del tiempo, la revolución se convirtió en el pretexto del poder. No quedan ideales sino delitos por ocultar. Pero todo lo justifica la revolución, incluso las violaciones sexuales. Ortega controla a los jueces y dispone de las leyes a su antojo en el Legislativo. Su política internacional es impresentable: Nicaragua ofreció asilo político al, hace poco extinto, dictador Muamar el Gadafi. (Pero estas son cosas de Ortega, cualquier parecido es pura coincidencia).

Al final del día los dictadores se deben dar la mano. Por eso fundan alianzas de cooperación con nombre de brisa, ¿cómo se llama el organismo?, ¿aurora?, ¿neblina?, ¿alba? Son caudillos excéntricos y fiesteros, jamás comprenderán el daño que le hacen a la historia cuando prostituyen las revoluciones.

Si todavía existiese el realismo mágico, talvez, convendría escribir una novela sobre Ortega y sus amigos, pero sobre todo, sobre su fetiche afrodisiaco: el poder.