3 oct 2012

Las aventuras de Pilar Núñez




Miguel Molina Díaz

Cuando la conocí, en la época en que fue candidata a la Asamblea Constituyente, me pareció una mujer de carácter. Me agradó su firmeza y su convicción profunda sobre la trascendencia de eso que llaman Revolución Ciudadana. Ella también era de la idea, común en esa época, de que la Constituyente de Montecristi era la madre de todas las batallas. Por eso su campaña fue tenaz, incesante, contundente.

En esos días, entre los chismes que se escuchaban, se decía que Pilar era excesivamente dura con su equipo. Decían, entre chisme y chisme, que el trato que tenía con sus asistentes de campaña rayaba en la prepotencia. Me parecieron habladurías incomprensibles, pero en una ocasión dudé sobre su posible veracidad cuando la vi reaccionar muy mal en alguno de los recorridos.

No la he vuelto a ver desde esa época, sin embargo, ahora no tengo ninguna duda sobre lo cierto de las acusaciones contra ella. Sus alumnas, Mayra Carillo y Michelle Bejarano, denunciaron al Consejo Directivo de la Universidad Central constantes agresiones verbales e incluso físicas de parte de la profesora Pilar Núñez. Carolina Congo, una estudiante afro descendiente, en su queja ante la Secretaria de Educación Superior (Senescyt), denunció haber sido victima de discriminación racial por parte de Núñez.

Como no podía ser de otra manera en un país tan revolucionario, Pilar Núñez fue absuelta y las tres estudiantes fueron sancionadas con una suspensión de quince días, en los cuales se les prohibió acercarse a la universidad. Así es como el rector Samaniego, a quién todo el país respaldó cuando fue brutalmente atacado, promueve la impunidad en la alma mater.

Impunidad. Esa palabra tan dura es la que describe lo que ocurre. Existen los videos que prueban las agresiones de Pilar Núñez contra sus alumnos y aunque se han difundido en las redes sociales, no han servido de nada. Al fin y al cabo, Pilar es una revolucionaria y hay que protegerla (socaparla, creo, sería la palabra adecuada en su caso).

Quién ha incurrido en un error, en lugar de negar a raja tabla la acusaciones, debe asumirlo con responsabilidad. Pero, ¿qué más le podemos pedir a Pilar Núñez además de ser una revolucionaria comprometida? ¿Es admisible pedirle la renuncia a su cátedra? En los tiempos de la revolución es preferible que esas acusaciones queden en el olvido a ser ingratos con una mujer que fue tan leal y que con tanta vehemencia defendió los intereses del poder.

Algún día –conservo la esperanza– sino es la justicia, tal vez sea la historia la que otorgue su justa dimensión a cada uno. Algún día por siempre se disolverá la capa protectora de la impunidad. Algún día se llegará a la verdad en casos inaccesibles como los de Glas Viejo, Duzac, Chucky Seven. Algún día Pilar Núñez se verá frente a la verdad de haber sido una pésima docente que no enseñó a la sociedad más que la evidente parálisis del sistema universitario público. Sí, algún día…

30 sept 2012

A dos años del negro día 30




Miguel Molina Díaz

Ni con su familia, ni con su honor, ni con el 30 de septiembre. Esas fueron las advertencias del mandatario en el informe a la nación de hace un año. Hoy, a dos años de lo que para unos fue un intento de golpe de Estado y para otros una insubordinación policial, la necesidad de recordar ese acontecimiento es imperante.

Pero, ¿por qué desafiar la advertencia del presidente? Simplemente porque es un ejercicio de profundo raigambre democrático. Porque quién ostenta el poder no debe imponernos los temas sobre los que tenemos permiso de hablar. Porque más allá de lo que para él significa esa fecha debemos armarnos un significado propio, al fin y al cabo, todos vivimos ese día.

Y, lo más importante, debemos hablar abiertamente del 30 de septiembre y opinar al respecto porque, al parecer, es la única manera de comprender el modelo de poder bajo el cual vive el país. Si alguna conclusión podemos sacar de ese día es que no aprendieron nada.

No aprendieron que el ejercicio del poder no significa la imposición de una determinada forma de pensar sobre todos los ciudadanos. No aprendieron que la legitimación en las urnas no es suficiente, la democracia exige que los gobiernos se legitimen todos los días. No aprendieron que polarizar al país en bandos antagónicos profundiza los rencores.

Esa mañana, ante la incertidumbre, decenas de personas acudieron al hospital de la policía. Me decido a creer que no únicamente a defender a Correa sino al orden constitucional frente a la posible y difusa amenaza de una interrupción al régimen de derecho.

Dos años después el presidente y sus muchachos han demostrado no haber merecido la lealtad de quienes los defendieron. El primer aniversario fue festejado, en una inmadurez colosal, con bombos y platillos. Su satisfacción por haber conservado el mando sobrepuesta a la memoria de los muertos.

A dos años del 30 de septiembre han agudizado su modelo de gobierno arbitrario y prepotente, ese que fue la causa de la insubordinación policial y el caos insufrible. No han aprendido nada.

*Diario La Hora

28 sept 2012

La Soledad de América Latina



Miguel Molina Díaz

En su discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura, llamado La Soledad de América Latina, Gabriel García Márquez intentaba explicar la realidad asombrosa de este continente desde su descubrimiento. Para describir el manejo del poder, en cierto momento alucinante de su discurso, García Marqués recordaba: “El general Antonio López de Santana, que fue tres veces dictador de México, hizo enterrar con funerales magníficos la pierna derecha que había perdido en la llamada Guerra de los Pasteles. El general García Moreno gobernó al Ecuador durante 16 años como un monarca absoluto, y su cadáver fue velado con su uniforme de gala y su coraza de condecoraciones sentado en la silla presidencial”. Eso era, precisamente, el realismo mágico.

Treinta años después del discurso de Gabo, ya se habla de la posible desaparición del realismo mágico cómo método estético de nuestra literatura. Sin embargo, no deja de sorprendernos el manejo del poder en algunos de nuestros países. En ciertos casos, como el del Ecuador, ya no se podría hablar de realismo mágico propiamente dicho. No. Podríamos hablar de un realismo con magia pero negra. En las últimas semanas un singular hecho me hace pensar en la necesidad de escribir un cuento desesperado. Debían de ser entre las 7 y 8 de la mañana cuando una cadena de la Secretaria Nacional de Comunicación (SECOM), interrumpió la programación de un noticiero para realizar una aclaración sobre el desayuno del Presidente de la República. Al término de la interrupción, la periodista (que en mi opinión particular, deja mucho que desear como periodista) expresó su indignación por la banalidad de la aclaración. En consecuencia, días después otra interrupción de ese mismo noticiero acusaría a la periodista de ser cómplice de quienes falsifican la verdad, sobre el desayuno del Presidente.

El uso de los recursos públicos para satisfacer los caprichos del poder no hace más que demostrar una serie de preocupantes patologías. En primer lugar, la necesidad del régimen de tener el monopolio de la verdad, incluso sobre los temas más irrisorios, cómo el desayuno del Jefe de Estado. Y todo esto no es más que la corroboración de la más aguda de sus enfermedades: la soledad del poder. Esa misma soledad que a todas luces les desespera, la anticipación de una realidad que día a día les acecha, el hecho de quedarse –después de todo- solos. Y es que solamente alguien que está enfermo de poder puede temer tanto a la soledad y a quedarse, finalmente, sin el monopolio de la verdad que han inventado.

Es ridículo –hay que repetirlo hasta el cansancio- que el autoritario Jefe de Estado, ebrio por el poder que ostenta, repita que los ministros no aceptarán entrevistas a los medios de comunicación privados para no colaborar con su enriquecimiento. ¿Y todo el dinero que les dan en propaganda oficial a esos medios? ¿Acaso creen que nuestra mayor aspiración en el día es ver las entrevistas a los Ministros? ¿No se ha dado cuenta el presidente de que sus colaboradores son impresentables? Gente que carece de respeto por sí mismo. Gente que sólo pretende comer –un poco más- del poder. ¡Basta de creer que somos tan ingenuos! En muchas decisiones del autoritario Jefe de Estado no hay más motivación que su capricho y su prepotencia. Esto no es sobre argumentos. ¡Claro que no!

Creo que es saludable cuestionar la labor de los periodistas. Exigirles más. Someterlos al escrutinio público. Lo inadmisible es que desde la enfermedad de quienes ostentan el poder se pretenda satanizar la labor periodística. Precisamente por parte de un gobierno que deja mucho que desear en cuanto a su –supuesta- vocación democrática. El Ministro Goebbels y su legado repugnante de métodos propagandísticos demostraron ser lo suficientemente peligrosos como para no seguir sus pasos. Los funcionarios de la SECOM, empezando por su lamentable secretario, deberían dedicarse a mirar películas sobre la Segunda Guerra Mundial algunas tardes. Tal vez así aprenderían a quitarse el miedo a la soledad. Pero por ahora, su miedo seguirá motivando sus decisiones, y un cambio en ese sentido parecería –tomando las palabras de Gabo: “Una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra”.

24 sept 2012

El drama de la patria grande



Miguel Molina Díaz

Dijo que lo haría y así lo hizo. El Sistema Interamericano de Derechos Humanos solamente constituía un obstáculo a los anhelos revolucionarios, al sueño de Bolívar. El comandante se siente liberado. Ha dado la orden, por fin, de denunciar la Convención Americana sobre Derechos Humanos. Con ese pretexto nos mantuvieron dominados, dice a su equipo, con esa convención subyugaron a su patio trasero latinoamericano. Todos asienten y aplauden, se sienten altivos, soberanos, únicos en su vehemencia revolucionaria.

Hace calor en Caracas, en el Palacio de Miraflores se pueden sentir las últimas (pero todavía radiantes) manifestaciones de un verano sin precedentes. El canciller Maduro ingresa al salón principal, en donde desde hace tantos años habita el poder. Hace un saludo militar a su jefe y con una sonrisa le informa que hay noticias. El secretario Insulsa lamenta nuestra decisión, le dice al comandante, espera que en el año que nos queda por delante rectifiquemos. ¿Qué año? Su pregunta suena histérica, al fin y al cabo, él nunca entendió el derecho internacional imperialista. La denuncia de la convención se hará efectiva en un año, responde Maduro. ¡Entonces debimos denunciarla hace un año, para ser libres ahora! Gritó el comandante y lamentó no poder retroceder el tiempo. Es lo único que le falta.

Nadie, ni Videla, ni Pinochet, y menos el cobarde de Fujimori tuvieron el valor de hacerlo. Sólo Trinidad y Tobago se atrevió a denunciarla para mantener su sagrado derecho a la pena de muerte. Ya no tendría el dolor de cabeza de pensar en las sentencias de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, que tanto desprestigio le habían causado. Nosotros dimos el primer paso, dice complacido, Rafael, Evo y Daniel deben seguirnos. Maduro le dice que los informes de la Comisión Interamericana seguirán redactándose. ¡¿Por qué?! Entra en un estado furioso. ¡Si ya no tenemos nada que ver con eso! Le explican que para liberarse de la jurisdicción de la Comisión Interamericana deben denunciar la Carta de la OEA, salirse del sistema panamericano, pelearse con todos. ¡Mierda –exclama fuera de sí– sólo es cuestión de tiempo para que muera definitivamente la OEA!

En los medios de comunicación los líderes de la oposición intentan explicar que la Corte Interamericana de Derechos Humanos no es la versión moderna del Consejo de Indias español, encargado de la administración de las colonias americanas. El sistema de derechos humanos, dicen los analistas, se creó para combatir las desapariciones y torturas durante las dictaduras sanguinarias del cono Sur y Centro América. Pero nadie les cree ni a los políticos que defienden el sistema, ni a los analistas, ni a los periodistas. Por primera vez, en más de treinta años, la patria grande de Bolívar se encuentra desprotegida, sin tutela a los derechos humanos, liberada plenamente del imperio.

En la tarde el comandante pregunta: ¿cómo va el asunto de Capriles? Y tose, no puede evitar toser. Se siente obligado a eliminar su cáncer por medio de un decreto o en el ejercicio de su facultad histórica para emitir leyes habilitantes. Ya se difundió a nivel nacional sobre el plan de gobierno oculto, le informan, todos hablan sobre el paquetazo neoliberal de Capriles. ¡Bien –exclama el comandante– todos son unos servidores del imperio! Pero, ¿qué sentido tendría haber denunciado la Convención Americana si Capriles gana las elecciones? Seguro él volverá al sistema. ¡No –se dice a sí mismo–, Capriles no puede ganar! Piensa en las declaraciones del general del ejército cuando afirmó que las fuerzas armadas estaban casadas con el proceso. Su marido, dice mientras mira por la ventana de Miraflores. Soy su marido.

Nadie entiende que si gana Capriles habrá guerra civil. Eso le indigna al comandante. Dedicó los mejores años de su vida por una nación que está en peligro de dejarse convencer por Capriles. ¡Ya entiendo –grita mientras se sienta, pues se siente cansado– estas son las falencias de la democracia, carajo! Lamenta el deterioro en su salud, si tan solo fuera un poco más joven no le faltarían fuerzas para destruir inmisericordemente a Capriles haciendo campaña. ¡Nada de péndulos democráticos –se repite– la revolución tiene que durar un siglo! No es cierto, reflexiona, que si la izquierda y la derecha se alterna en el poder, eso será saludable para la democracia. ¡Todo esto es un engaño –y siente una punzada de dolor en el pecho –no nos pueden ganar!


Atardece en Miraflores. En Caracas la gente sale de sus oficinas y, poco a poco, se dirigen a sus casas. Prenden las televisiones. Se oyen las reacciones internacionales por la decisión venezolana de abandonar el Sistema Interamericano de Derechos Humanos. Las familias suspiran, ya están acostumbrados a las malas noticias. Capriles desmiente que tenga un paquetazo neoliberal escondido debajo de la manga, todo es un invento de William Ojeda, un flamante chavista que intenta ganarse la simpatía del poder. Además, decide la expulsión del legislador Caldera por actos de corrupción. Así va su campaña. La gente le cree. Y los que no creen en la oposición, creen que Venezuela necesita un cambio. Un descanso. Descansemos un periodo de la revolución bolivariana, dice una madre de familia durante la cena. Y todos sus hijos asienten.