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15 oct 2012

Venezuela: sigue habiendo un camino



Miguel Molina Díaz

Sin lugar a dudas, las elecciones presidenciales del domingo pasado en Venezuela constituyen uno de los eventos de mayor trascendencia en la política latinoamericana actual. Los ojos del mundo estuvieron volcados a los sucesos que concluyeron con la reelección del presidente Hugo Chávez Frías. Su discurso del triunfo estuvo matizado por su habitual retórica demagógica que esta vez lo llevó a afirmar: “Esta Venezuela de hoy es la mejor Venezuela que hemos tenido en 200 años”.

Pese al festejo oficial, me atrevo a pensar que Chávez fue uno de los más sorprendidos por el resultado. De hecho, eso se puede inducir de ese primer discurso ofrecido desde el balcón del Palacio de Miraflores, en el que, a pesar de no mencionar a Capriles, reconoció la vocación democrática de la oposición. Claro que el resultado impresionó y conmovió a Chávez, fue probablemente la noche más feliz de su vida.

Lo cierto es que venció a pesar de las limitaciones de su actividad de campaña en relación a la del candidato opositor. Mientras Capriles visitó alrededor de 274 ciudades y pueblos, el mandatario solo logró hacerlo en 25. Mientras Capriles se dedicó a realizar una campaña propositiva, basada en propuestas, el Jefe de Estado llevó a cabo una contienda desesperada, basada en insultos y amenazas. La oposición fue capaz de encargar la batuta a un candidato joven, lleno de salud, con un intelecto brillante y una trayectoria política solida, en contraposición al presidente que se presentó en convalecencia por su tratamiento del cáncer, con discursos grotescos y, como último recurso, su llanto.

Chávez triunfó a pesar de enfrentarse a un candidato superior a él en todas las facetas posibles. Tan grande fue el terror de la candidatura chavista a la superioridad de Capriles que el presidente se negó reiteradamente a mantener un debate con su contrincante; un debate en el que lo hubiera fulminado intelectualmente. Después de todo los argumentos del presidente fueron de tal bajeza que calificó a su contendor de “fascista” (a un descendiente de sobrevivientes del Holocausto!). De todos modos, esa superioridad se confirmó con la digna aceptación de Capriles de su derrota.

Más allá de los hechos son muchos los puntos que se deben analizar. Por ejemplo, la certeza de una oposición capaz de concentrar la confianza de la mitad del país. Si bien es cierto que la retórica chavista sigue teniendo fuerza, sus gastados argumentos se han vuelto incapaces de arrasar estrepitosamente en las urnas. Y ese es el espacio que no se puede perder. La única seguridad que nos llevamos de la jornada electoral es que, a juzgar por el crecimiento progresivo que ha tenido la oposición, será la última elección que gana Chávez hasta el fin de los siglos.

Poco a poco la lucha está dejando de ser entre el pasado recalcitrante que causó el Caracazo y el supuesto presente esperanzador de la Revolución Bolivariana, pues el gobierno de Chávez cada día se consolida más como columna vertebral del status quo. Pronto no le servirá de nada acusar a los candidatos contrarios de “hijos de las burguesía” (condición perfectamente aplicable a Simón Bolívar). La oposición ya no es la de los viejos políticos al estilo Carlos Andrés Pérez, por el contrario, cada vez es más refrescante, más articulada, más en sintonía con las aspiraciones populares.

Chávez inaugurará un nuevo mandato que despierta interminables dudas. El modelo económico clientelar en el que se sostiene el proyecto chavista se sostiene en la capacidad de gasto corriente del Estado. ¿La seguirá teniendo? Por otro lado, la democracia está lesionada, casi herida de muerte. No existe independencia de las instituciones y Venezuela ya abandonó la Declaración Americana sobre Derechos Humanos. La población esta dividida en bandos antagónicos, el fanatismo político –resultado del fervoroso populismo caudillista- ha polarizado, como nunca antes, a la sociedad. La violencia, el odio clasista y la delincuencia es el día a día de la Venezuela bajo el chavismo.

Termino este análisis reconociendo que la real gran obra del chavismo es la juventud que ha surgido como resultado de 14 años de arbitrariedades (pronto serán 20, es decir, los niños, adolescentes y jóvenes venezolanos sólo habrán conocido un presidente, a Chávez). Me refiero a una juventud propositiva, deliberante, profundamente comprometida con el futuro del país. Una juventud que de la mano de Capriles recorrió en campaña el territorio nacional aprendiendo a amar, sobre todas las cosas, a su Venezuela.

Cuando el joven Hugo Chávez fracasó en su intentona golpista, al ser aprisionado, pronunció la frase que sembraría la fiebre de la profecía revolucionaria en Venezuela. “Por ahora” dijo Chávez aceptando su rendición frente a los medios. Veinte años después, tengo la impresión de que los papeles se han cambiado. Ganó las elecciones presidente Chávez, por ahora. 

24 sept 2012

El drama de la patria grande



Miguel Molina Díaz

Dijo que lo haría y así lo hizo. El Sistema Interamericano de Derechos Humanos solamente constituía un obstáculo a los anhelos revolucionarios, al sueño de Bolívar. El comandante se siente liberado. Ha dado la orden, por fin, de denunciar la Convención Americana sobre Derechos Humanos. Con ese pretexto nos mantuvieron dominados, dice a su equipo, con esa convención subyugaron a su patio trasero latinoamericano. Todos asienten y aplauden, se sienten altivos, soberanos, únicos en su vehemencia revolucionaria.

Hace calor en Caracas, en el Palacio de Miraflores se pueden sentir las últimas (pero todavía radiantes) manifestaciones de un verano sin precedentes. El canciller Maduro ingresa al salón principal, en donde desde hace tantos años habita el poder. Hace un saludo militar a su jefe y con una sonrisa le informa que hay noticias. El secretario Insulsa lamenta nuestra decisión, le dice al comandante, espera que en el año que nos queda por delante rectifiquemos. ¿Qué año? Su pregunta suena histérica, al fin y al cabo, él nunca entendió el derecho internacional imperialista. La denuncia de la convención se hará efectiva en un año, responde Maduro. ¡Entonces debimos denunciarla hace un año, para ser libres ahora! Gritó el comandante y lamentó no poder retroceder el tiempo. Es lo único que le falta.

Nadie, ni Videla, ni Pinochet, y menos el cobarde de Fujimori tuvieron el valor de hacerlo. Sólo Trinidad y Tobago se atrevió a denunciarla para mantener su sagrado derecho a la pena de muerte. Ya no tendría el dolor de cabeza de pensar en las sentencias de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, que tanto desprestigio le habían causado. Nosotros dimos el primer paso, dice complacido, Rafael, Evo y Daniel deben seguirnos. Maduro le dice que los informes de la Comisión Interamericana seguirán redactándose. ¡¿Por qué?! Entra en un estado furioso. ¡Si ya no tenemos nada que ver con eso! Le explican que para liberarse de la jurisdicción de la Comisión Interamericana deben denunciar la Carta de la OEA, salirse del sistema panamericano, pelearse con todos. ¡Mierda –exclama fuera de sí– sólo es cuestión de tiempo para que muera definitivamente la OEA!

En los medios de comunicación los líderes de la oposición intentan explicar que la Corte Interamericana de Derechos Humanos no es la versión moderna del Consejo de Indias español, encargado de la administración de las colonias americanas. El sistema de derechos humanos, dicen los analistas, se creó para combatir las desapariciones y torturas durante las dictaduras sanguinarias del cono Sur y Centro América. Pero nadie les cree ni a los políticos que defienden el sistema, ni a los analistas, ni a los periodistas. Por primera vez, en más de treinta años, la patria grande de Bolívar se encuentra desprotegida, sin tutela a los derechos humanos, liberada plenamente del imperio.

En la tarde el comandante pregunta: ¿cómo va el asunto de Capriles? Y tose, no puede evitar toser. Se siente obligado a eliminar su cáncer por medio de un decreto o en el ejercicio de su facultad histórica para emitir leyes habilitantes. Ya se difundió a nivel nacional sobre el plan de gobierno oculto, le informan, todos hablan sobre el paquetazo neoliberal de Capriles. ¡Bien –exclama el comandante– todos son unos servidores del imperio! Pero, ¿qué sentido tendría haber denunciado la Convención Americana si Capriles gana las elecciones? Seguro él volverá al sistema. ¡No –se dice a sí mismo–, Capriles no puede ganar! Piensa en las declaraciones del general del ejército cuando afirmó que las fuerzas armadas estaban casadas con el proceso. Su marido, dice mientras mira por la ventana de Miraflores. Soy su marido.

Nadie entiende que si gana Capriles habrá guerra civil. Eso le indigna al comandante. Dedicó los mejores años de su vida por una nación que está en peligro de dejarse convencer por Capriles. ¡Ya entiendo –grita mientras se sienta, pues se siente cansado– estas son las falencias de la democracia, carajo! Lamenta el deterioro en su salud, si tan solo fuera un poco más joven no le faltarían fuerzas para destruir inmisericordemente a Capriles haciendo campaña. ¡Nada de péndulos democráticos –se repite– la revolución tiene que durar un siglo! No es cierto, reflexiona, que si la izquierda y la derecha se alterna en el poder, eso será saludable para la democracia. ¡Todo esto es un engaño –y siente una punzada de dolor en el pecho –no nos pueden ganar!


Atardece en Miraflores. En Caracas la gente sale de sus oficinas y, poco a poco, se dirigen a sus casas. Prenden las televisiones. Se oyen las reacciones internacionales por la decisión venezolana de abandonar el Sistema Interamericano de Derechos Humanos. Las familias suspiran, ya están acostumbrados a las malas noticias. Capriles desmiente que tenga un paquetazo neoliberal escondido debajo de la manga, todo es un invento de William Ojeda, un flamante chavista que intenta ganarse la simpatía del poder. Además, decide la expulsión del legislador Caldera por actos de corrupción. Así va su campaña. La gente le cree. Y los que no creen en la oposición, creen que Venezuela necesita un cambio. Un descanso. Descansemos un periodo de la revolución bolivariana, dice una madre de familia durante la cena. Y todos sus hijos asienten.