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22 abr 2013

Alpiste para el Comandante




Miguel Molina Díaz

Recuerdo haber leído en el brillante ensayo de Jorge Volpi, “El Insomnio de Bolívar”, una referencia al fin del realismo mágico en América Latina. Me pregunto si cabe replantearse esa posibilidad después de los meses en que mantuvieron a Chávez como vegetal, su velación de pontífice y las declaraciones de Maduro

Y no, definitivamente el realismo mágico no ha llegado a su fin. Es evidente que ha dejado de interesar en la literatura porque tal vez los genios de antes, García Márquez a la cabeza, ya lo desarrollaron y agotaron con maestría. Pero el realismo mágico existe y es una realidad imperante en la política latinoamericana.

Para Maduro, la influencia de su mentor en el más allá fue determinante a la hora de elegir un Papa latinoamericano. Incluso piensa en la posibilidad de que Chávez convoque una constituyente en el cielo.

Esas no fueron, sin embargo, las más desfachatadas de sus declaraciones. Y es que Chávez volvió. Ha reencarnado. Volvió en forma de pajarito de colores y, gracias al dominio de Maduro del idioma de los pájaros, pudo comunicarse con su sucesor y darle ánimos sobre la victoria que se viene.

Debo confesar que yo también vi a Chávez. Era justamente un día de la semana pasada en que me dediqué a desvalorizar a Maduro. Escuché un sonido en mi ventana y cuando me acerqué un pajarito cantaba y golpeaba el vidrio con su piquito. Creo que me reclamó por incrédulo.

Cuando se lo comenté a un amigo me dijo: “No te preocupes, si fuera Chávez hubiese sido Gallinazo y no un pajarito de colores”. Pero yo pienso que era él. Fue la primera vez que lo vi en persona.

Eso es lo que esta en juego en las elecciones de Venezuela: deben escoger entre seguir escribiendo una novela de realismo mágico, al estilo de “El otoño del Patriarca” o “La fiesta del Chivo”, o, por el contrario, avanzar hacia la reconstrucción de su democracia, dejar a un lado el odio y la división de la sociedad, volver a ser país.

Lo primero que hice después de ver a Chávez en mi ventana, fue espantarlo con el periódico. No era bienvenido en mi casa.


15 oct 2012

Venezuela: sigue habiendo un camino



Miguel Molina Díaz

Sin lugar a dudas, las elecciones presidenciales del domingo pasado en Venezuela constituyen uno de los eventos de mayor trascendencia en la política latinoamericana actual. Los ojos del mundo estuvieron volcados a los sucesos que concluyeron con la reelección del presidente Hugo Chávez Frías. Su discurso del triunfo estuvo matizado por su habitual retórica demagógica que esta vez lo llevó a afirmar: “Esta Venezuela de hoy es la mejor Venezuela que hemos tenido en 200 años”.

Pese al festejo oficial, me atrevo a pensar que Chávez fue uno de los más sorprendidos por el resultado. De hecho, eso se puede inducir de ese primer discurso ofrecido desde el balcón del Palacio de Miraflores, en el que, a pesar de no mencionar a Capriles, reconoció la vocación democrática de la oposición. Claro que el resultado impresionó y conmovió a Chávez, fue probablemente la noche más feliz de su vida.

Lo cierto es que venció a pesar de las limitaciones de su actividad de campaña en relación a la del candidato opositor. Mientras Capriles visitó alrededor de 274 ciudades y pueblos, el mandatario solo logró hacerlo en 25. Mientras Capriles se dedicó a realizar una campaña propositiva, basada en propuestas, el Jefe de Estado llevó a cabo una contienda desesperada, basada en insultos y amenazas. La oposición fue capaz de encargar la batuta a un candidato joven, lleno de salud, con un intelecto brillante y una trayectoria política solida, en contraposición al presidente que se presentó en convalecencia por su tratamiento del cáncer, con discursos grotescos y, como último recurso, su llanto.

Chávez triunfó a pesar de enfrentarse a un candidato superior a él en todas las facetas posibles. Tan grande fue el terror de la candidatura chavista a la superioridad de Capriles que el presidente se negó reiteradamente a mantener un debate con su contrincante; un debate en el que lo hubiera fulminado intelectualmente. Después de todo los argumentos del presidente fueron de tal bajeza que calificó a su contendor de “fascista” (a un descendiente de sobrevivientes del Holocausto!). De todos modos, esa superioridad se confirmó con la digna aceptación de Capriles de su derrota.

Más allá de los hechos son muchos los puntos que se deben analizar. Por ejemplo, la certeza de una oposición capaz de concentrar la confianza de la mitad del país. Si bien es cierto que la retórica chavista sigue teniendo fuerza, sus gastados argumentos se han vuelto incapaces de arrasar estrepitosamente en las urnas. Y ese es el espacio que no se puede perder. La única seguridad que nos llevamos de la jornada electoral es que, a juzgar por el crecimiento progresivo que ha tenido la oposición, será la última elección que gana Chávez hasta el fin de los siglos.

Poco a poco la lucha está dejando de ser entre el pasado recalcitrante que causó el Caracazo y el supuesto presente esperanzador de la Revolución Bolivariana, pues el gobierno de Chávez cada día se consolida más como columna vertebral del status quo. Pronto no le servirá de nada acusar a los candidatos contrarios de “hijos de las burguesía” (condición perfectamente aplicable a Simón Bolívar). La oposición ya no es la de los viejos políticos al estilo Carlos Andrés Pérez, por el contrario, cada vez es más refrescante, más articulada, más en sintonía con las aspiraciones populares.

Chávez inaugurará un nuevo mandato que despierta interminables dudas. El modelo económico clientelar en el que se sostiene el proyecto chavista se sostiene en la capacidad de gasto corriente del Estado. ¿La seguirá teniendo? Por otro lado, la democracia está lesionada, casi herida de muerte. No existe independencia de las instituciones y Venezuela ya abandonó la Declaración Americana sobre Derechos Humanos. La población esta dividida en bandos antagónicos, el fanatismo político –resultado del fervoroso populismo caudillista- ha polarizado, como nunca antes, a la sociedad. La violencia, el odio clasista y la delincuencia es el día a día de la Venezuela bajo el chavismo.

Termino este análisis reconociendo que la real gran obra del chavismo es la juventud que ha surgido como resultado de 14 años de arbitrariedades (pronto serán 20, es decir, los niños, adolescentes y jóvenes venezolanos sólo habrán conocido un presidente, a Chávez). Me refiero a una juventud propositiva, deliberante, profundamente comprometida con el futuro del país. Una juventud que de la mano de Capriles recorrió en campaña el territorio nacional aprendiendo a amar, sobre todas las cosas, a su Venezuela.

Cuando el joven Hugo Chávez fracasó en su intentona golpista, al ser aprisionado, pronunció la frase que sembraría la fiebre de la profecía revolucionaria en Venezuela. “Por ahora” dijo Chávez aceptando su rendición frente a los medios. Veinte años después, tengo la impresión de que los papeles se han cambiado. Ganó las elecciones presidente Chávez, por ahora.