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17 ago 2013

Roberto Bolaño: el último salvaje latinoamericano




Miguel Molina Díaz

Hay noches en que sueño que Roberto Bolaño me habla. Nos rodea una profunda neblina y Roberto Bolaño no tiene frío. Sus lentes no se empañan. Su voz es aguda, punzante, vibra dentro de mis oídos. Hay noches en que Roberto Bolaño viene a Quito y me define qué es la poesía. Pero al día siguiente, al abrir los ojos, no lo recuerdo y debo esperar otra vez su generosidad, su aparecimiento en otro sueño, para comprender el secreto que todo poeta latinoamericano debe saber. Sus confesiones siempre tienen que ver con una apuesta por el valor, un valor de Samurái, de prostitutas tristes y felices, de escritores que creen en el silencio.

No exagero si digo que la literatura de Roberto Bolaño me cambió la vida. Y no soy el único al que la prosa poética de Bolaño ha desequilibrado, enfermado, llevado hasta los límites del desenfreno. Leerlo es como caminar hacia la locura con la absoluta conciencia de que al final del camino esta la muerte. Hoy se cumplen 10 años de su desaparición física. Si yo hubiese nacido 10 años antes,  es decir en 1982 y no en 1992, probablemente alcanzaría a escribirle una carta larga, larguísima, como la que él escribió a Di Benedetto, y en ella le diría cuanto lo admiraba, cuanto lo quería, cuan responsable es de mi valor y de mi incursión en el maldito camino de la literatura.

Recuerdo la tarde en que acabe 2666. Era uno de los últimos días de diciembre del año 2011. No habían transcurrido sino 10 noches desde que comencé a leer la novela de 1121 páginas. Fue una navidad extraña. Me despertaba en la mañana para leerlo, al medio día suspendía por pocos minutos la lectura para comer y luego seguía leyéndolo hasta la noche. E incluso en la noche no detenía mi lectura sino hasta que ya no era posible mantener los ojos abiertos. Una tarde, de pronto, la novela se acabó. Se me acabó. Y fue uno de los momentos más desoladores de mi vida. No podía creer ni podía aceptar que Bolaño se me había acabado. Repasé nuevamente las páginas finales y se me acabó una y otra vez y la desolación era igual. Pero no era una desolación desolada sino una radiante y terrible. Si hubiera muerto esa tarde, lo hubiera hecho con una sonrisa de plenitud absoluta.

No sé si Bolaño pudo, en sus últimos días, imaginarse lo que había hecho. Desconozco si estaba consciente de que por su culpa ser poeta latinoamericano, o pretender serlo, volvería a tener sentido y tener valor. Volvería a ser un camino desconocido y afrodisiaco e inevitable. No sé si Bolaño entendía la magnitud y trascendencia de su obra, ahora traducida a todos los idiomas occidentales e incluso al chino. No me imagino si Bolaño sabía que tendría lectores obsesivos, desquiciados y malsanos en los rincones menos probables de la Tierra. Y es que su voz poética, porque todo lo que escribía era poesía, es de una fuerza, una honestidad, una vibración, que sea como sea es un abismo y una oportunidad.

Si hace diez años hubiera alcanzado a escribirle una carta, de un fanatismo radical y desesperado, probablemente Bolaño no me hubiera leído. Tenía cosas más importantes que hacer, como acabar de escribir 2666 o como leer a Nicanor Parra. Era un detective salvaje, más lo segundo que lo primero. Un detective que 10 años después de su muerte todavía rompe corazones. “Estoy enamorada de Bolaño”, me confesó Eloisa Reece hace pocos días, después de leer ‘Amuleto’ y cuando comenzaba a leer ‘Los Detectives Salvajes’. Había pasado horas en internet observando sus documentales y entrevistas y se enamoró. Así, perdidamente. Adolescente y locamente. Cuando lo supe me sentí bien por mi maestro y por Eloisa, por una historia de amor llena de audacia que desafiará, sin duda, los inútiles límites que impone la muerte y el paso del tiempo.

A veces sueño que Roberto Bolaño esta vivo. Sueño que gana el Nobel y lo manda a la mierda. A veces sueño que me visita y que llora, que ya no puede más, que ama todavía a Edna Lieberman, su fantasma. Sueño que me relata sus noches felices en el D.F. Sus noche felices con Lupe, la putita de las piernas de leopardo. Sus noches valientes recorriendo en bus el continente, soñando con llegar a Chile y en su sueño evita con un poema fulminante y explosivo el golpe de Estado a Salvador Allende. A veces sueño que Roberto Bolaño atraviesa la atmosfera y desde el sitial más alto del mundo, reconstruye con palabras a América Latina. A veces sueño que Roberto Bolaño reescribe la historia continental y la llena de su valor. Y siempre, en mis sueños, Bolaño hace la revolución por medio de su poesía infrarealista. Cuando me despierto dejo de escuchar la voz de Arturo Belano y encuentro bajo mi almohada sus libros. Vivo o muerto, Bolaño siempre esta presente en América Latina.

10 may 2012

Las Luces de Parra y Cardenal en América



Miguel Molina Díaz

Lo imagino feliz, fumando y lanzando el humo del cigarrillo mientras sonríe con la simple y llana certeza de haber tenido la razón. Me refiero a Roberto Bolaño, el escritor más importante de la literatura latinoamericana contemporánea, cuya monumental obra ha sido traducida ya a casi todos los idiomas posibles. Desde la estrella distante en donde habita, Bolaño debe estar complacido. “Todo se lo debo a Parra” había dicho muchos años atrás cuando sus libros comenzaron a relucir en el sombrío panorama literario del Post-boom.

En la última entrevista que ofreció antes de su muerte, Roberto Bolaño, al ser preguntado sobre las cosas que le conmueven respondió: “Me conmueven los jóvenes de hierro que leen a Cortázar y a Parra, tal como los leí yo y como intento seguir leyéndolos.” Su admiración por Parra fue obsesiva, tanto es así que la antipoesía fue un referente decisivo en los poemas del autor de los Detectives Salvajes. En uno de esos versos y una vez llegada la madurez, Bolaño intenta redescubrir quién había sido cuando tenía la edad de veinte y concluye: “Un lector de Cardenal y de Nicanor Parra”.

Bolaño debe estar contento: después de haber afirmado hasta el cansancio que Parra era el más grande poeta chileno “por encima de todos, incluidos Pablo Neruda y Vicente Huidobro y Gabriela Mistral” se le concedió, en este año, el Premio Cervantes, considerado el de mayor prestigio en lengua española. “Bolaño me puso en orbita de nuevo” confesó hace poco el creador de la antipoesía, quién no pudo asistir a la entrega de su premio debido a su avanzada edad de antipoeta (97 años). 

Bolaño debe estar muy satisfecho con este año 2012. No solo Parra fue homenajeado sino que Ernesto Cardenal, otro de los maestros que él amó, se convirtió hace pocos días en el ganador del Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana. En su libro de poemas, Los Perros Románticos, Bolaño describe un encuentro con su maestro Ernesto Cardenal: “Padre, en el Reino de los Cielos/ que es el comunismo,/ ¿tienen un sitio los homosexuales?/ Sí, dijo él./ ¿Y los masturbadores impenitentes?/ ¿Los esclavos del sexo?/ ¿Los bromistas del sexo?/ ¿Los sadomasoquistas, las putas, los fanáticos/ de los enemas,/ los que ya no pueden más, los que de verdad/ ya no pueden más?/ Y Cardenal dijo sí”.

Lo cierto es que poca falta les hacía a Parra y a Cardenal los premios en reconocimiento a la limpieza y genialidad de sus obras. Era América la que requería –¡con una urgencia desesperante!- desenterrar los nombres de dos de los más grandes poetas e intelectuales que parieron Chile y Nicaragua. Y fue Bolaño quién nos desafió a hacerlo, por ejemplo, cuando escribió “a caminar, entonces, latinoamericanos/ a caminar a caminar/ a buscar las pisadas extraviadas/de los poetas perdidos/ en el fango inmóvil/ a perdemos en la nada/ o en la rosa de la nada/ allí donde sólo se oyen las pisadas/ de Parra”. Al final volvimos a encontrar las pisadas de los poetas perdidos, que tanta falta nos hacían en las horas fastuosas y desoladas. Podremos volver a oír su voz (ojalá en su magnitud real) y ver brillar su luz. Las luces de Parra y Cardenal iluminando nuestro continente.