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9 nov 2012

Crónicas de una entrevista presidencial anunciada




Miguel Molina Díaz


A las diez de la noche comenzaría la entrevista al presidente Rafael Correa en el programa De Frente, del periodista Jorge Gestoso. Semanas atrás estudiantes de la Universidad San Francisco de Quito respondimos aceptando la invitación que nos hicieron para asistir al programa transmitido en vivo junto a otros universitarios del país.  Fui parte de asa delegación  y en esta crónica no hago más que relatar mi experiencia en esa controversial noche.

Y digo controversial porque además de las declaraciones que el Jefe de Estado dio a lo largo de su monólogo, creo que es de real importancia profundizar en la necesidad de ejercer el derecho que todo ciudadano posee de acceder al presidente e increparle sobre sus decisiones en la administración pública. Esa noche, sin embargo, quienes éramos estudiantes de la Universidad San Francisco no constábamos en la lista de asistentes al programa de Gestoso a pesar de haber enviado con anticipación los nombres de quienes integrarían nuestra delegación.

Horas antes nos habían anticipado, en un inexplicable comunicado, que no estábamos invitados (es decir, nos desinvitaron). Creímos que no era justificable ni motivada la decisión de última hora y por tano decidimos que de todos modos asistiríamos. Cuando en la entrada del canal incautado Gama TV confirmamos que nuestros nombres no se encontraban en la lista de asistentes, comprendimos que la seguridad presidencial no nos permitiría el acceso.

Un estudiante de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador, al comprender nuestra situación, nos asignó los nombres de compañeros suyos que, a pesar de haber confirmado su asistencia, no pudieron concurrir. Después de una apresurada reflexión –todos somos estudiantes de derecho- decidimos que entraríamos con otros nombres y buscaríamos la oportunidad de hacerle saber al presidente nuestra decepción por el irrespeto del que fuimos objeto.

Así fue como pudimos, en vivo y en directo, observar las afirmaciones del Presidente de la República. Comenzó, como era lógico, congratulándose por los resultados de las elecciones en Estados Unidos. Dijo que Barack Obama es una extraordinaria persona y un gran ser humano, pero que las políticas en materia internacional se habían consolidado durante tantas décadas que la visión sobre América Latina seguía siendo la misma de siempre. Aprovechó, además, para criticar a los periódicos privados estadounidenses que descaradamente apoyaron a uno de los dos candidatos, violando los derechos del electorado a reflexionar libremente. ¡Ah! Y casi lo olvidaba: dijo que la democracia en Estados Unidos era una de las más imperfectas del mundo.

Cuando habló del incremento en el Bono de Desarrollo Humano sonrió todo lo que pudo y dijo que desde hace mucho subirlo a 50 dólares había sido intensión del gobierno. Con desmesurada ironía se refirió al gran consenso que había logrado en el país para incrementar el bono, puesto que Guillermo Lasso, el candidato de la derecha, también apoyaba la iniciativa. Después amedrentó contra Lasso recordando su responsabilidad política en la crisis bancaria de 1998.

En cuando al caso Cofiec, como era de esperarse, se mostró indignado porque dos personas que para él eran absolutamente inocentes estaban privados de la libertad. Entonces, refiriéndose a una suerte de inmunidad divina de los implicados en este caso, aseguró que protegería personalmente tanto a los dos detenidos como a los demás involucrados en el préstamo a Duzac (que hasta el momento permanecen –y permanecerán- libres). No sé si como un símil, pero más o menos a estas alturas de la entrevista, el mandatario recordó que el presidente Kennedy nombró durante su administración como Fiscal General de la Nación a su hermano Robert. ¿Qué habrá querido insinuar Correa?

Sin lugar a dudas, el tema fundamental de la entrevista fue la reforma a la justicia. Con seguridad (y casi con orgullo) dio los datos de todo lo que gracias a la Consulta Popular del 2011 han podido revolucionar en el sector justicia. Dijo que por primera vez el 64% de los usuarios de la justicia ordinaria están conformes con el servicio. En este punto, frente a un video en el cual Santiago Guarderas, el decano de derecho de la Universidad Católica, criticó la calidad y falta de independencia de los jueces, el presidente respondió que la culpa es de Guarderas y no del gobierno, pues son los decanos los que forman a los abogados que luego se convierten en jueces. Es decir, las facultades de jurisprudencia forman malos abogados. “Aquí están estudiantes de derecho –dijo el mandatario señalándonos- la culpa es de los decanos”.

En un video transmitido durante la entrevista María Paula Romo criticó –no sin razón- que el secretario particular del presidente sea el primero en la terna enviada por un órgano de otra función del Estado (la Corte Nacional) para integrar (y presidir) el Consejo de la Judicatura. Haciendo gestos de despreció el presidente recordó que Baltazar Garzón ya había hablado sobre la “interdependencia de las funciones del Estado” que consiste en la coordinación que debe vincular a los cinco poderes. Entonces fue cuando dijo que no se puede valorar el criterio de esta “chica” sobre el de Garzón. Después de pensar en lo irrespetuosos y vulgares que pueden ser los políticos en sus respuestas, la conclusión que me quedo fue:

Montesquieu y Roseau: galletas.

División de poderes e independencia judicial: superados conceptos retardatarios.

Interdependencia de funciones: modernidad y vanguardia.

Garzón: Dios.

Como suele ser su costumbre, para cerrar con broche de oro el tema de la justicia, invocó derecho comparado norteamericano y dijo: “en Estados Unidos el presidente nomina a los jueces de la Corte Suprema y a nadie se le ocurre decir que interviene en la justicia”. Aunque, como lo afirmó reiterativamente, su gobierno sí mete las manos en la justicia: para cambiarla.

Una estudiante de la Universidad Católica (que en mi opinión desperdició la oportunidad de plantear algún tema más relevante) le preguntó al mandatario sobre las prácticas profesionales para los estudiantes de derecho. Aprovechando la presencia de Paulo Rodríguez, el Presidente del Consejo de la Judicatura de Transición, le pidió que explique este tema. Durante el corte comercial el Jefe de Estado llamó con la mano a Rodríguez y con el rostro molesto le hizo comentarios al oído.

El último tema que abordó el presidente fue las declaraciones del ex embajador Murray, a las cuales dio crédito diciendo que después de la derrota en Venezuela la derecha, las oligarquías y la CIA habían triplicado el presupuesto designado a lograr que se termine la Revolución Ciudadana. En este punto, al parecer, olvidó que sobre el presidente Obama (máxima autoridad sobre la CIA) dijo “es una extraordinaria persona y un gran ser humano”. Con respecto a su obvia candidatura para la reelección dijo que hay que esperar la convención nacional de Alianza País.

Al termino de la entrevista, los ocultos estudiantes de la San Francisco nos acercamos al presidente librando la seguridad con el pretexto de pedirle una fotografía. Entonces fue cuando abiertamente dijimos cual era la universidad de la que proveníamos y el hecho de que nos sacaron de la lista de asistentes. Sorprendido llamó a la persona que coordinó el programa de Gestoso, le pidió explicaciones, ella dijo que nunca nos invitó, él le dijo que si no nos hubieran invitado no habríamos ido y procedió a pedirnos disculpas agregando que él fue profesor en la San Francisco, universidad que  sería un paraíso sin su rector (lo dijo en tono agresivo), un tipo que –en la opinión del presidente- ha hecho de la educación superior un negocio de lucro personal (olvido que esa universidad lo ayudó para que viaje a Illinois a seguir su doctorado). Posteriormente, se tomó fotos sin sonrisa con mucha gente y salió con su seguridad.

Nunca llegamos a entender cómo fue que primero nos invitaron y luego nos sacaron de la lista, tampoco supimos los responsables de esa maniobra viciosa. Lo cierto es que presenciar la entrevista presidencial valió la pena: confirmamos la solvencia política de Correa, la aguja de doble filo de su carisma, su obsesión por creerse poseedor de la verdad absoluta y de un propósito mesiánico, la convicción de que su influencia (o poder) sobre otras funciones del Estado es revolucionaria. Esos fueron, la noche del miércoles, los lugares comunes en que una vez más cayó el presidente Correa.

Reporta para ustedes:

Un sicario de tinta. 

29 oct 2012

Tres debates, una elección




Miguel Molina Díaz

En los Estados Unidos finalizaron los tres debates presidenciales previos a la elección del próximo presidente. Hubo, además, un debate entre los candidatos a la vicepresidencia que notablemente aventajó al actual segundo mandatario de ese país, un lobo viejo de la política norteamericana que ocupó por cuatro décadas una silla en el Senado. Los debates presidenciales en la política estadounidense se remontan al tiempo de Lincoln, es decir, son una vieja tradición democrática de ese país. El primer debate televisado ocurrió en 1950, en el cual el joven y carismático John F. Kennedy se impuso sobre el entonces vicepresidente Richard Nixon.

El presidente Obama, uno de los oradores más aclamados de nuestro tiempo, tuvo un deficiente desempeño en el primer debate que mantuvo con su contendor, Mitt Romney, el 3 de octubre en Denver. En esa ocasión Romney –candidato por el Partido Republicano- aprovechó las flaquezas del gobierno demócrata para atacar al presidente, mientras Obama mantuvo una actitud sombría, con la mirada en el piso durante los momentos neurálgicos. La economía, el desempleo, las atribuciones del Gobierno Federal fueron los temas a tratar.

La visión de Romney, sin lugar a dudas macabra, clamaba por el regreso de ese militarismo estadounidense que tan nefasta factura le sacó al mundo durante la administración de Bush. La privatización de los servicios públicos, como la educación, y la muerte del Obamacare (reforma al sistema de salud), fueron postulados del candidato republicano.

En el segundo debate la recuperación de Obama fue admirable, sobre todo en el momento de criticar categóricamente el uso político y electoral que Romney hacía de la figura de Christopher Stevens, el embajador que falleció durante los ataques de turbas fanáticas musulmanas a la embajada estadounidense en Libia. Lo cierto es que el equipo del presidente tuvo que preverlo todo para recuperar los puntos perdidos en las encuestas a causa del primer debate.

El tercer y último debate, según los analistas, también lo ganó el presidente Obama. Tanta fue su superioridad que cuando terminó el encuentro el mandatario le señaló a su contrincante el lugar en donde debían despedirse, hecho que a pesar de carecer de relevancia temática, es importante a la hora de analizar el mensaje no verbal de los candidatos. Obama recuperó la seguridad, la frontalidad, su solvente capacidad para no solo lograr concentrar la atención del público sino cautivarlo y convencerlo.

Los debates presidenciales pueden ser analizados en dos sentidos. Primero como una muestra de profunda vocación democrática e institucional, de la cual debemos aprender los países en donde los presidentes –inmersos en el ego absurdo derivado del poder- se niegan a someterse a debates alegando argumentos insulsos. Tal fue el caso de Hugo Chávez, que al ser desafiado a debatir, respondió incrementando los insultos a su contrincante. El debate de los candidatos a las dignidades de elección popular, en realidad, es un derecho de la ciudadanía que debe ser considerado como un elemento importante de la democracia.

En segundo lugar debemos decir que el debate televisivo ha debilitado la valoración sobre ideas y argumentos. En ese sentido es interesante el análisis de Giovanni Sartori en su obra Videopolítica, en donde reflexiona sobre el lugar en donde realmente sucede la política: la televisión. Si partimos de esa premisa debemos preguntarnos si la imagen de los candidatos, sus poses, sus sonrisas, la mirada a la cámara, las gesticulaciones y el movimiento de las manos es realmente importante a la hora de elegir a quienes dirigirán el Estado. Y si bien la respuesta, obviamente, es que no, lo cierto es que desafortunadamente esa imagen que se proyecta por las pantallas tiene una incidencia drástica en los resultados: hay que recordar, como ejemplo, el debate entre Rodrigo Borja y Febres Cordero en el que este último, que salió vencedor en los comicios, desafió al candidato socialdemócrata a que lo mirara a los ojos.

Ese campo minado y ambiguo es en donde se configura la realpolitik. Ahora marcada por lo que Mario Vargas Llosa ha denominado la sociedad del espectáculo, una sociedad en donde la vocación por el drama y la noticia escandalosa están sobre cualquier tipo de análisis. Los candidatos ya no surgen de las luchas y procesos sociales, ahora se los fabrica por equipos que diseñan su imagen, sus discursos, sus símbolos. La premisa no es aplicable a todos los políticos en términos absolutos, pero sin embargo es la regla general.

Más allá de esa reflexión, que me parece trascendente y oportuna, creo que el presidente Obama encarna un proceso en el cual la lucha por los derechos civiles y la visualización de los sujetos excluidos es por fin reconocida y aceptada en una sociedad que en el pasado estuvo acostumbrada –incluso legislativamente- a la discriminación. Hace medio siglo el presidente Kennedy tuvo que enfrentarse con los sectores conservadores para que un joven afroamericano pueda estudiar en una universidad de blancos. Además de la inferioridad de Romney y el peligro que representan sus retrogradas creencias y propuestas, la reelección de Barack Obama abriría el camino a la consolidación de una democracia más equilibrada, alejada de los miedos y prejuicios republicanos. Su madurez política será esencial para afrontar un mundo colosal y en permanente reconfiguración, totalmente diferente al que cualquier ex presidente estadounidense haya conocido.