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8 abr 2013

La versión de Cecilia




Miguel Molina Díaz

La visité en el Centro de Rehabilitación Social Femenino de Quito, ubicado en El Inca. Llegué antes de las 12h00. Pregunté por ella. “¿La del caso de Karina del Pozo?”, me respondió la policía que se encontraba en la puerta del pabellón y luego me indicó por donde debía ir para encontrarla. Cecilia es bastante más baja de lo que me había imaginado. Su cabello negro es muy largo. Se le notaba cansada y, sin embargo, me recibió tranquila, intentó esbozar una sonrisa.

Su prima, Andrea, le explicó que yo había ido a escucharla. Y sí, fui a escucharla en medio de un contexto social en el cual casi nadie se ha dado el tiempo de escuchar lo que Cecilia tiene que decir. Oír su versión. Saber quién es, en definitiva, Cecilia. En el fondo de su mirada vi tristeza. Andrea me dijo que Cecilia ha enflaquecido mucho y, en efecto, la noté muy delgada.

En el tono de su voz pude comprobar su juventud. Tiene tan solo 19 años. ¿Qué es lo que le quisieras decir a la sociedad?, le dije para comenzar la conversación. “Hazme preguntas más exactas”, me respondió, “estoy con la cabeza  demasiado llena”. Pude notar su aflicción.

Le pregunté cómo fueron los sucesos de 19 de febrero, previos al asesinato de Karina del Pozo. Me contó que se encontraron alrededor de las 11h00 para ir juntas a dejar hojas de vida. Recuerda que lo hicieron en el Sports Planet y en Mundo Mac. De noche fueron al departamento de JP. Me aclaró algunos vacíos sobre los acontecimientos que se dieron en ese departamento, como que en efecto las dos habían tomado. Cecilia recuerda que Karina estuvo por algún tiempo a solas con S. Así como que ella, Cecilia, estuvo con su ex novio N.

Mira a los ojos cuando habla. Me pareció que en su mirada hay franqueza. No tiene miedo de regresar al pasado y escarbar en los detalles de esa noche de horror. Es valiente. O mejor dicho, creo que esta experiencia le ha enseñado a ser valiente. Me dice que le indigna y decepciona la posición de la familia de Karina puesto que fue ella quién comenzó a buscarla cuando no obtuvo respuesta a las llamadas ni a los mensajes enviados a su celular. Incluso, fue ella la que acompañó a Milton del Pozo a poner la denuncia por la desaparición de Karina. “A mí no me duele solo el hecho de estar aquí”, dice Cecilia, “sino también la pérdida de mi amiga”.

El lunes 25 de marzo el Juzgado Décimo Primero de Garantías Penales le negó su pedido de medidas sustitutivas a la prisión preventiva. Esto a pesar de que el informe GPS del vehículo en donde todos se trasladaron con Karina, determinó que el auto, en efecto, se detuvo en la casa de Cecilia. Además, los testimonios tanto de GS, JS y P, quienes llevaron a Karina hasta Llano Chico, coinciden en que Cecilia y su ex novio N, se bajaron antes de que ocurriera el homicidio.

Se había conocido con Karina más o menos hace un año. Sin embargo, no se habían caído bien. La amistad que tuvieron es mucho más reciente. Comenzó en una fiesta de hace pocos meses. Habían tomado. Al día siguiente Karina le escribió por Facebook y desde entonces comenzaron a entenderse. No era la mejor amiga de Karina pero en el corto tiempo que compartieron, “Karina se convirtió en alguien muy especial” para ella, dice Cecilia.

En este caso hay demasiada especulación sobre la conducta de Karina y Cecilia. Se trata de dos chicas normales. La vida de Karina no fue nada fácil. Y nada justifica lo que le pasó. Que nadie se crea con el derecho de justificarlo con absurdos argumentos como “que ella se expuso”. Karina era una mujer y eso basta y sobra para repudiar su femicidio y sancionar categóricamente a sus asesinos. Y tampoco, para defenderla, se debe levantar una falsa imagen de ella. “A ambas nos gustaba tomar cuando salíamos de fiesta”, comenta Cecilia. Como a la mayoría de gente en esta sociedad. Al referirse al tema, Cecilia resalta la mala imagen que se ha construido sobre su persona. Y después de escucharla pienso que el país no llegado a conocer a las reales Karina y Cecilia, que todo se ha diluido al punto simplista de catalogarlas como la buena y la mala, algo definitivamente injusto.

“Mentir es encubrir”, gritaba la familia de Karina del Pozo el día de la audiencia en las afueras de la Unidad de Vigilancia Carapungo. Esto, en referencia a la coartada inventada por GS, JS y P, de un supuesto taxi Nissan Sentra al que, aseguraron, se subió Karina. Cecilia, después de la desaparición de Karina, llamó a GS y éste le dijo lo del taxi. Ella lo creyó y, cuando habló con la policía, repitió esa falsa versión. Ese fue su error. “Nunca dije que yo vi a Karina subirse a un taxi”, comenta, “dije que GS me dijo eso”.

Según recoge la prensa, para la Fiscalía y la familia de Karina la responsabilidad de Cecilia podría ser, presumiblemente, en grado de encubrimiento, al igual que la de N. Los dos que primero se bajaron del carro. Nadie recuerda que Cecilia fue de las primeras en compartir la foto de Karina en las redes sociales para buscarla, ni que hizo imprimir volantes que repartió por la ciudad. Nadie escucha la voz de Cecilia porque hay otra voz, una colectiva y mucho más estruendosa, que exige justicia para Karina sin importar lo que se tenga que sacrificar para lograrlo.

Y debe haber justicia para Karina. Eso lo exigimos todos. Pero no a costa de cometer una terrible injusticia con Cecilia. “Yo tengo la conciencia tranquila”, me decía con la mirada firme. Durante nuestra conversación tuve la impresión de que en varias ocasiones su voz flaqueó y estuvo a punto de romperse. Pienso que se le debió haber concedido las medidas sustitutivas que solicitó. Puede ser que para Cecilia la prisión preventiva es un abuso.

El caso de Karina del Pozo no puede convertirse en un chivo expiatorio para que el sistema judicial imponga una percepción de eficacia y cumplimiento de la ley, en perjuicio del debido proceso. Desde mi columna fui enfático a la hora de exigir justicia para Karina. Y lo seguiré haciendo. Pero la Justicia debe ser absolutamente ciega e imparcial a la hora de dictar sentencia. Creo que todos debemos escuchar la versión de Cecilia. Devolverle su voz.

Después de hablar con Cecilia me dispongo a salir del Centro de Rehabilitación Social Femenino de Quito. “Enséñame tu artículo cuando lo publiques”, me dice al despedirse. Intenté darle palabras de ánimo pero no supe cuáles. Me fui sin decirle nada. A la salida se me acercaron un grupo de presas a ofrecerme galletas y chupetes. No llevé dinero así que no les compré nada. Cecilia se lleva bien con ellas, con sus compañeras. En sus ratos libres lee, asiste a clases de tejido, conversa. De repente ve noticias en la televisión sobre su caso. Por lo general, malas noticias. 

30 mar 2013

Una conversación con la mejor amiga de Karina del Pozo




Miguel Molina Díaz

Eran alrededor de las 8h30pm del miércoles 20 de febrero cuando L recibió una llamada de Milton del Pozo en la que le preguntaba si sabía donde estaba su hermana Karina. L, A y Karina fueron mejores amigas más o menos desde que las tres tenían trece años. Eran siempre las tres. Desde entonces son innumerables las experiencias que vivieron juntas. Momentos duros, durísimos. Momentos de indescriptible alegría. Y sobre todo momentos de confidencia. Además de la familia de Karina fueron precisamente L y A las que con más dedicación se entregaron a su búsqueda en los días posteriores a su desaparición.

Para L, Karina era una persona a quién los fuertes golpes de la vida le habían enseñado a madurar y a ser fuerte. “Ella no se dejaba ver la cara”, comenta. “Nos gustaba bastante salir”, dice L al evocar los momentos agradables que compartió con Karina. El circulo cercano de ambas eran “los amigos del barrio”, que desde pequeños se encontraban para jugar básquet. Además, cuenta que Karina “era muy guapa, nunca tuvo problema para conseguir trabajo de modelo”. Su amiga la recuerda como una chica absolutamente normal. Es su intento por armar con sus recuerdos la vida de su mejor amiga, como un rompecabezas.

En la Roldós, en Calderón, en las universidades de Quito. En todos los lugares posibles pusieron la foto de Karina durante los largos días de su búsqueda. “Mucha gente le quería a Kari” comenta L al reflexionar sobre todas las personas que contribuyeron a buscarla. “Supongo que esos imbéciles pensaron que porque es huérfana nadie iba a hacer nada y se equivocaron”, dice con una mezcla de orgullo y dolor L. “Si no la hubiéramos encontrado, seguiría buscándola” y rememora la ocasión en que años atrás se dijeron que como amigas estarían juntas hasta la muerte y piensa: “hasta mucho después de eso, Kari, porque no voy a parar”.

Muchos de los periódicos sacaron que Cecilia R. era su mejor amiga, pero a penas la conocía desde un mes atrás del día fatal. Fue Cecilia la que le pidió a Karina, alrededor de las 7pm del 19 de febrero, que le acompañará al departamento de JP. Allí ya estaba N. En este punto las versiones se confunden pero en algún momento llegaron S, P y S. La última vez que vieron a P, recuerda L, fue cuando tenían 13 años. A S lo conocían por amigos comunes. “P siempre le tuvo ganas a la Kari”, recuerda L. A la hora de regresar a la casa S, dueño del vehículo, se ofreció a llevarlas. Se supone que en el camino dejaron o a Cecilia y a N primer. P afirmó que Karina estaba drogada. “Kari no consumía drogas” dice enfáticamente su mejor amiga. Entre ellas habían hablado muchas veces de eso.

Cuando se llamó a quienes fueron en el carro de S para que dieran sus versiones prefirieron inventar una coartada: Karina subió a un taxi en la Brasil, un Nissan color amarillo. Un taxi que nunca existió sino solo en las conciencias de quienes pretendían lavarse las manos. Sin imaginar si quiera, los cobardes, que con esa versión solo ahondarían la enfermedad social del machismo. “Vivimos en una sociedad que nos enseña a las mujeres a no salir tarde o vestirnos de una forma determinada, en lugar de enseñan a los hombres a respetarnos, a no violar”, dice L, después de todo.

De las versiones rendidas ante el Ministerio Público se concluye que P le proporciona el golpe en la cabeza que termina con la vida de Karina. “De alguien que mata se puede esperar que sea capaz de cometer una violación”, eso es lo que piensa L en voz alta, mientras mira al vacío. La experiencia ha resultado en restricciones para L; ya no sale como salía antes y procura no estar sola. Por ahora son razones de seguridad. Pero profundamente cree que en el futuro no detendrá su vida. Hace poco Li participó en un coloquio sobre femicidios a propósito del caso de su amiga. Le sorprendió la conclusión de un chico que dijo: “ella se expuso”. “Si sales con una amiga –piensa L– y llegan amigos no vas a pensar que son violadores o asesinos, simplemente que son chicos y ellos eran chicos universitarios”.

A L, cuando acudió a declarar, le preguntaron si ella o Karina eran chicas prepago. Para ella fue indignante contestar esa pregunta porque –aparte de que ni Karina ni ella habían sido chicas prepago– eso no tenía por qué ser parte en la investigación. “Así haya sido una prepago no se merecía lo que le hicieron”, piensa L mientras recuerda que además le preguntaron el tipo de ropa que usaba Karina y su conducta habitual. “Si Karina hubiera sido hombre no me hubieran hecho esas preguntas”, opina con razón L. “Mucha gente estigmatizó a Karina”, recuerda indignada. Incluso hubo un video en youtube (que ya fue retirado) en que decían que ella no era ninguna santa, que se busco lo que le pasó y ponían una foto en que estaba con vestido en compañía de un amigo.

La madre de Karina, cuando sintió que su salud no estaba bien, le pidió a la madre de L que cuidara también de su hija. Ellas eran como hermanas. L, hasta el último minuto, pensaba que era posible que Karina siguiera con vida. Hizo de todo. “Hasta fui a hablar con un brujo”, recuerda al evocar lo desesperada que estaba por saber de Karina, por intuir su paradero y recuperarla viva. Esos días no dejó de escribirle en Facebook, pensando que Karina la podía leer. Lo primero que hizo al enterarse de que hallaron el cadáver de Karina fue llamar a Aleja y ninguna de las dos pudo hablar.

El caso de Karina del Pozo ha servido para que salgan a la luz muchos otros que han sido relegados. Así se ha comenzado a evidenciar lo crítico de los femicidios en el Ecuador. Una realidad que ni siquiera nos imaginábamos que fuera posible en nuestro entorno. Para Karina, al parecer, se esta haciendo justicia no por el sistema sino por la presión que ejercieron sus familiares y amigos. Pero, ¿quién era ella? Alguien que pagó un precio muy alto por ser mujer. Por ser guapa. Por cuidar de su cuerpo. Por salir de noche y sola. Por ser independiente y autónoma. Por ser, sin haber querido serlo, una luz que nos ha permitido entender los alcances del machismo en está sociedad.

Y no, Karina, no has muerto en vano.